Artículos Todos los artículos (Lista) UNA ENTREVISTA CON WANG PEISHENG
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wps04Yo siempre iba a llevarle té y agua a Wang Maozhai cuando enseñaba en Tai Miao. Unos seis meses después volvió a aparecer Yang el Loco. Yo estaba dándole agua a Wang cuando se me acercó y me dijo: “Oh, así que sigues aquí. ¿Practicamos un poco?" Aquello significaba que quería la revancha. En cuanto extendió la mano, lo lancé contra el suelo con fuerza. Tardó un rato en poder levantarse. “¡Eres un salvaje! ¡Este chico es un salvaje!” fue todo lo que dijo antes de irse. Se fue tan rápido como había llegado. Después de aquel enfrentamiento fue cuando Wang Maozhai vio que yo tenía potencial. Me hizo ir adonde él trabajaba y practicaba personalmente, y entonces me dijo: "Hay cosas mas rápidas que tienes que aprender". Las piedras sobre las que practicaban empuje de manos estaban tan desgastadas por sus pies que resbalaban como el hielo. Mantenerse en pie allí ya era difícil, y no hablemos de practicar formas. Para comprender la fuerza y el poder que tenían en los pies hay que tener en cuenta que aquellas piedras las habían desgastado zapatillas con suela de cuerda. Las habían dejado perfectamente pulidas. Yo iba allí todas las tardes.

Empecé a ser el primer instructor de Tai Miao cuando Wang Maozhai aún estaba allí. Había otro profesor que yo no conocía y que era el responsable los martes, jueves y sábados. Un día le vi enseñando cierta técnica, y le pedí que me la mostrara. Estuve a punto de tirarle al suelo, y entonces dijo, “Este chico tiene gongfu. No puedo vencerle". Al día siguiente, cuando Wang estaba enseñando, fue a contarle que le había vencido un niño. Cuando me vio me señaló y dijo: “¡Ese es!” Entonces Wang me dijo: “Este es el abuelo Guo”. Yo me incliné y le saludé llamándole abuelo. Para Guo fue un alivio saber que le había ganado alguien de su misma escuela, y no un extraño que podía ir por ahí presumiendo. Entonces yo todavía no valoraba justamente la victoria y la derrota. Sólo buscaba el poder que daban las artes marciales, y quería sentir aquel poder en mi propio cuerpo.

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Después de aquello empecé a enseñar en los otros centros de Yang Yuting, y al cabo de un tiempo me encomendó un centro. Yo tendría unos dieciocho años. Entonces me invitaron a ser instructor en diferentes centros culturales y de artes marciales. Recuerdo en especial uno que había en Ba Da Chu. Allí iban varios funcionarios muy influyentes que estaban interesados en el aspecto de salud del Taijiquan. Aquellos funcionarios fumaban opio. Cuando yo llegaba a enseñar ellos estaban profundamente dormidos. Los fumadores de opio están activos por la noche y duermen durante el día. Así que yo me ponía a enseñar a sus hijos y familiares. Y cuando había terminado aparecían ellos, hacían unas cuantas preguntas y enseguida querían empujar manos.

wps08Allí fue donde desarrollé las habilidades para el empuje de manos que todavía tengo. Eran hombres importantes, de modo que había que tratarlos con cuidado. Y eran fumadores de opio, por lo que eran lentos. Yo tenía que trabajar con el peso de dos personas, ya que cuando exhalaban y se inclinaban hacia delante todo su peso caía sobre mí. Entonces tenía que esperar a que inspiraran para ayudarles a recuperar el equilibrio lentamente sin empujarles demasiado fuerte. De esta forma adquirí la habilidad de escuchar tan claramente la energía y la respiración del contrario. Fue practicando con aquella gente. Mis dos piernas tenían que soportar dos cuerpos, no uno, y tenía que ser muy consciente de todos sus movimientos para no hacerles daño. Si no hubiera tenido la oportunidad de practicar y pensar en todo esto, y sentir cómo la energía va y viene en la otra persona, ¿cómo podría haber aprendido mi cuerpo esas habilidades?

Nadie más estaba dispuesto a empujar manos con ellos. Y no era porque les tuvieran miedo, sino porque los fumadores de opio despiden un olor espantoso. También aspiraban rape, así que apestaban a rape, y se aplicaban todo tipo de aceites e inciensos en el cuerpo. No se imagina usted cómo apestaba todo aquello mezclado con el olor de su sudor. Y además había que moverse con ellos muy despacio para que no les diera un ataque de tos. Yo era el único que tenía la habilidad necesaria para llevarlos y paciencia suficiente para soportarlos. Cada vez que me veían se acercaban y decían, “Ven, vamos a empujar manos. Un par de cientos de vueltas nada más, no quiero hacerte perder el tiempo”. wps09¡Vaya par de cientos de vueltas! ¡El tiempo que llevaba aquello! Y movían los brazos tan pesadamente... Pero gracias a ellos desarrollé la sensibilidad y la fuerza que tengo en las manos.

Seguí enseñando, y he acabado dedicando toda mi vida a la enseñanza. Enseño a mis alumnos a ser virtuosos. Si estudian artes marciales, les enseño virtud marcial. Si aprenden Qigong, les enseño a cultivar la virtud y a hacer buenas obras. Y creo que uno cosecha lo que planta. Si plantas melones, cosechas melones. Si plantas judías, cosechas judías. Por eso insisto en enseñar virtud y honestidad. Todos los conocimientos que tengo vienen del pueblo, y creo que se deben transmitir al pueblo. No creo que se deba ocultar conocimientos. Por eso, aunque ya soy viejo, mucha gente sigue buscándome para aprender.


Cortesía de Andrew Nugent-Head y de la Association for Traditional Studies
www.traditionalstudies.org

Traducción del inglés de Luis Soldevila

Ilustraciones de Alfonso Manzanares


 
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