Artículos Todos los artículos (Lista) UNA ENTREVISTA CON WANG PEISHENG
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wps03Él empezó a gritarme, mi madre salió para intentar apaciguarle, los vecinos empezaron a salir y aquello se convirtió en un espectáculo. Mi madre intentaba disculparme, pero Ma Gui estaba furioso, y los vecinos también ponían su grano de arena. Entonces llegó mi padre, y al saber lo que estaba pasando le explicó que me encantaban las artes marciales, pero que era muy joven y que no sabía lo que hacía. Entonces aquel pariente que teníamos en común dijo: “¿Por qué no lo toma como discípulo?” Y allí mismo, en medio del alboroto, sacaron incienso, hice koutou, es decir, me arrodillé y toqué el suelo con la frente ante él, y me aceptó formalmente como discípulo. Así fue como conocí a Ma Gui y empecé a aprender Bagua. Entonces tenía doce años.

Desde aquel día empezó a venir todas las mañanas a desayunar a nuestra casa antes de ir a enseñar a Hade Men. Ya era muy anciano, y yo le acompañaba. Ma Gui practicaba Bagua estilo Yin, y me enseñó las 64 palmas y su forma de sable. Tradicionalmente, en el estilo Yin primero se practicaba el método budista de “camisa de hierro” y después se empezaba el entrenamiento de Bagua. Ma Gui murió en 1940.

También aprendí Tan Tui, y después Taijiquan con Yang Yuting y su maestro, Wang Maozhai. Wang Maozhai era mi “abuelo” de escuela, ya que estaba dos generaciones por encima de mí. Yo tenía catorce años cuando empecé a aprender de Yang. Él fue quien me llevó a Tai Miao, donde estaba la Asociación de Taijiquan de Pekín, que entonces se llamaba Beiping. La forma en que empecé a aprender Taijiquan es una historia interesante.

wps06En aquella época yo también estaba estudiando los cuatro clásicos de Confucio. Mi profesor era un hombre llamado Ma Zhiqian, un doctor de medicina china que trataba a la gente con acupuntura. Siempre llevaba su caja de agujas debajo del brazo. Nos enseñaba dos líneas de los clásicos, nos decía que las aprendiéramos de memoria y se iba a tratar a sus pacientes. Nosotros recitábamos aquellas líneas hasta memorizarlas, y al rato empezábamos a preguntarnos dónde se habría metido el profesor. Cuando regresaba dejaba su caja y nos hacía recitar las líneas. Recitar ante el profesor nos atemorizaba bastante. Tenías que dejar el libro, volverte dándole la espalda, ponerte firmes y recitar las líneas. Muchas veces, aunque las sabíamos de memoria nos poníamos nerviosos y se nos quedaba la mente en blanco. Entonces Ma nos gritaba: “¡Fuera de aquí! ¡Y apréndete esas frases!” De camino hacia sus clases pasaba por un centro de artes marciales donde Yang Yuting y sus alumnos practicaban Taijiquan. A mí me entusiasmaban las artes marciales y además era muy curioso, y cuando vi a aquella gente moviéndose lenta y suavemente, pero con un poder enorme, también empecé a aprender con ellos. La curiosidad me impulsó a conocer a muchos artistas marciales y a aprender de ellos. Aprendí Tan Tui, Ru Yi Tongbei, Shuaijiao... Entonces había muchos profesores muy buenos, y no solían vivir lejos unos de otros.

Wang Maozhai enseñaba en Tai Miao los lunes, miércoles y viernes, y Yang empezó a llevarme con él. Allí había más de trescientas personas aprendiendo y enseñando todo tipo de artes marciales. Y había gente muy diferente, de todas las clases sociales. Cuando Yang empezó a enseñarme me preguntó si ya había aprendido antes. Yo no sabía nada, pero siempre he tenido muy buena memoria para captar los movimientos. No sé por qué, pero tengo esa habilidad. Con ver una vez una serie de movimientos, puedo repetirlos inmediatamente después. Allí aprendí Taijiquan, y fue después cuando supe que había otros estilos de Taijiquan, que yo practicaba el estilo Wu, y que el linaje era este y el otro.

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Un día apareció en Tai Miao un hombre llamado Yang. Practicaba Taijiquan estilo Yang, aunque no estaba emparentado con la familia, y había derrotado haciendo empuje de manos a todo el mundo en Tai Miao. Nadie había conseguido vencerle. Aquel día llegó a la Asociación de Taijiquan y se puso a empujar manos con Yang Yuting. Yang Yuting era un hombre muy bondadoso que nunca hacía daño a sus oponentes cuando empujaba manos. Simplemente los desenraizaba, y en lugar de lanzarlos despedidos volvía a dejarlos en el suelo. Cualquiera que comprenda el arte sabe que lo difícil es desenraizar al otro, y que cuando te han quitado las raíces, ya has perdido. Pero aquel Yang no lo entendía. Él pensaba que hasta que no tirabas al otro al suelo no habías ganado. Cuando Yang Yuting lo desenraizó y lo volvió a dejar en el suelo sin hacerle daño, él le dio un empujón de repente y “ganó”. Yo estaba delante, y me puse furioso. Aquel día sólo estábamos tres alumnos, de modo que yo fui el siguiente en enfrentarme a él. Nada más empezar lo lancé volando contra la pared que había a su espalda, y cuando rebotó y volvía hacia mí, volví a lanzarlo contra la pared. Lo hice varias veces seguidas, como si estuviera botando una pelota contra un muro. Él estaba cubierto de polvo de la pared, y me pidió que le dejara volver al punto de partida. Yo le contesté: “Hay espacio de sobra entre la pared y yo. ¿Por qué no vienes tú solo?” Entonces se acercó Yang Yuting y nos separó. Aquel hombre, al que habían puesto el apodo de Yang el Loco en Tai Miao, era un desvergonzado. Se fue sin decir nada, y no volvió. Entonces yo tenía catorce años.


 
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