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Nº 2 - Invierno 2004

wpscaliUNA ENTREVISTA CON
WANG PEISHENG

Andrew Nugent-Head


C omo homenaje al desaparecido Wang Peisheng, una de las últimas grandes figuras la edad de oro de las artes internas chinas, publicamos en estas páginas una entrevista realizada en los últimos años de su vida en la que, en tono llano y jovial, narra sus primeros pasos en el aprendizaje y la enseñanza de las artes marciales.


Wang Peisheng es una de las figuras del Taijiquan más respetadas en la actualidad y uno de los grandes exponentes del estilo Wu, discípulo de Yang Yuting y del maestro de éste, Wang Maozhai. Pero como otros de su generación, Wang aprendió diferentes artes de algunos de los grandes maestros de aquellos años, convirtiéndose en una enciclopedia viviente de conocimientos marciales.

En esta ocasión yo esperaba que me hablara de su  infancia y comprender cómo ha llegado a alcanzar un nivel tan elevado en las artes que domina. Tras su imagen amable aunque reservada, Wang Peisheng es un hombre abierto y animado que cuenta historias no sólo con palabras, sino también con el cuerpo y el espíritu, y que tan pronto se acomoda en su sillón como se levanta de un salto para escenificar una anécdota. Como no era la primera vez que nos encontrábamos y me acompañaba uno de sus alumnos, Zhu Xilin, Wang prescindió del té y las formalidades que se suele dispensar a un entrevistador y compartió con nosotros historias, carcajadas y recuerdos de su infancia.


wps01Nací en el condado de Wuqing, Hebei, en 1918. En el decimocuarto año de la República de China, en 1925, los generales lanzaban a sus ejércitos unos contra otros, y mi familia tuvo que emigrar a Pekín. Fue un cambio que nos trajo una vida mejor y buena suerte.

Al llegar a Pekín, nos instalamos cerca del callejón Yan Yue. En aquellos tiempos el Taijiquan y el Bagua eran las artes marciales más populares en la parte este de la ciudad. Entonces yo tenía ocho o nueve años. No muy lejos había un templo en ruinas donde vivía un niño monje de mi misma edad. Toda su familia eran acróbatas de una famosa compañía. Siempre estábamos jugando juntos, y sus hermanos mayores nos enseñaban a dar volteretas y saltos de campana. Uno de ellos era capaz de correr hacia una casa, dar un salto lanzando las piernas por detrás y por encima de su cabeza y aterrizar de pie en el tejado. Claro, entonces casi todas las casas eran plantas bajas, ya que ninguna podía ser más alta que los edificios de la Ciudad Prohibida, el palacio del emperador.

Aquel chico nos enseñó a dar volteretas, hacer ruedas y saltos de campana. Yo llegué a ser capaz de dar treinta volteretas seguidas en el aire sobre una mesa. En aquella época mi cuerpo se volvió muy ágil y flexible. Después, cuando empecé a hacer empuje de manos, a la gente le costaba mucho desenraizarme, ya que me hacía uno con la tierra y era capaz de retorcerme y bajar las posiciones mucho más que otros.

Tiempo después nos mudamos a otro callejón, lejos del niño monje y de su familia. A mí me atraían mucho el ejercicio físico y las artes marciales, y un día encontré un palo largo de melocotonero, teñí de rojo un trozo de cuerda y se lo até en la punta, como si fuera una lanza. Tradicionalmente la lanza tiene la punta de hierro y lleva un pañuelo rojo atado a la base. Yo no tenía dinero para comprar un trapo rojo, y mucho menos una punta de lanza, pero todos los días pasaba horas practicando con mi lanza.

wps02Nuestro patio era muy pequeño, de modo que yo me ponía con la espalda contra la pared de la casa y daba lanzadas hacia la puerta de la calle. Cada día tenía que dar mil lanzazos, y los iba contando, “uno, dos, tres...” Cuando se hace esto, uno debe mirar hacia dónde tira las lanzadas, pero yo me ponía a mirarme los pies. Estaba demasiado ocupado tirando lanzazos y contando como para prestar atención a lo que pasaba fuera del patio.

Un día estaba practicando cuando llegó a nuestra casa Ma Gui, un famoso maestro de Bagua. Ya era anciano, y caminaba con un bastón. Era un hombre pequeño, más o menos de la misma altura que tenía yo entonces, así que yo estaba dirigiendo mi lanza a la altura de su pecho y su garganta.

Y allí estaba yo, tirando lanzadas, contando y mirándome los pies, cuando apareció Ma Gui con su bastón en el umbral para entrar en el patio. Mientras mi lanza se dirigía hacia él, giró rápidamente evitándola, la agarró, me la arrancó de las manos y con un solo movimiento la tiró a un lado, clavándola profundamente en la pared del vecino, como si fuera un palo para tender la ropa. Y no era más que una vara con un trozo de cuerda roja, ni siquiera tenía una punta de lanza. Pero la dejó clavada en la pared de enfrente. Piense en la clase de fuerza que hay que tener para hacer algo así.

Allí estábamos, yo boquiabierto mirando mi lanza clavada en la pared del vecino, todavía vibrando por la fuerza del golpe, y Ma Gui enfadado de verdad. En aquel momento le habría matado si hubiera podido recuperar mi lanza. Entonces yo no sabía que Ma Gui era pariente de un familiar nuestro que vivía en el mismo patio, y que venía todos los días a desayunar con él antes de irse a enseñar artes marciales en Hade Men, que ahora se llama Chongwen Men.


 
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