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Nº 1 - Otoño 2004

CalimayEMPEZAR DE CERO A LOS SETENTA

Teresa Rodríguez


L a zona de Orcasitas en Madrid es un barrio de trabajadores. Mis alumnos, con una media de edad de setenta y dos años, me contaban que se habían pasado la vida trabajando y que, aunque "en sus tiempos no había esto del Taichi", ahora estaban muy contentos de tener la oportunidad de probarlo. Con ese espíritu disponible y curioso iniciamos las sesiones.


Al inaugurar la actividad, seis meses antes de la redacción de este artículo, la mayor parte de los alumnos que componían los dos grupos de trabajo, un total de cincuenta personas, no había practicado nunca ningún tipo de gimnasia o ejercicio físico.

Siempre que se aborda un trabajo de introducción se piensa en empezar desde cero, pero inconscientemente uno cuenta con que la mayoría de la gente tiene aprendida una cierta manera de moverse, como mínimo la adquirida en las clases de gimnasia del colegio. En este caso no era así, de modo que las bases del entrenamiento de Taiji Quan y los ejercicios de Qi Gong fueron el punto de partida para iniciar una educación física global.

Ambas disciplinas son especialmente idóneas para el trabajo con mayores, ya que los ejercicios se desarrollan con suavidad, lentitud y toma de conciencia corporal. La suavidad y la lentitud hace que los alumnos se abran a los ejercicios y que disfruten haciéndolos. De esta manera es difícil que alguien pueda lesionarse, siempre que se cuide una buena alineación del cuerpo, sobre todo de las rodillas con respecto de los pies.

El entrenamiento progresivo mejora el tono muscular y la circulación sanguínea, nutre las articulaciones, alivia los problemas de columna vertebral, osteoporosis, artrosis, e hipertensión. También aumenta la capacidad pulmonar, la memoria y la atención. La coordinación de los gestos con la respiración y la concentración mental fortalecen la energía vital de todo el cuerpo, calman la mente y les proporcionan un estado de bienestar emocional que hace más llevaderas sus dolencias habituales.

El profesor se debe poner al nivel en el que están sus alumnos y a partir de ahí avanzar con mucho respeto y cuidado, sin prisas pero sin perder de vista lo que se quiere hacer. En los primeros dos meses no se hizo forma pero sí se realizaron ejercicios extraídos de ella y sobre todo, mucho Qi Gong. Se fue explicando cada movimiento paso a paso, guiándoles y may1corrigiéndoles para que aprendiesen cuál es la movilidad que tiene cada articulación y cómo hacer para manejarlas por separado. Se emplearon muchos ejercicios de corrección postural, equilibrio, desplazamiento, coordinación y continuas tomas de conciencia.

El grado de avance en el trabajo depende muchas veces de la condición corporal y mental de los alumnos, así como de su motivación personal y de las horas que le dediquen a la práctica. Esto ocurre en todas las edades. Si había alguien que rehuía un ejercicio por tener molestias físicas o por considerarlo demasiado difícil, el grupo le exhortaba a que lo hiciese, pues eran muy conscientes de la necesidad que tiene el cuerpo de moverse para no anquilosarse. La consigna era que no debían forzarse pero tampoco quedarse cortos, respetar sus bloqueos y llegar con suavidad hasta donde sinceramente pudieran.

En las edades avanzadas, el declive que se produce en las capacidades físicas les hace susceptibles de sentirse torpes a la hora de enfrentarse al movimiento corporal y a los achaques que sufren. Algunos de los alumnos tenían impedimentos físicos importantes y en este aspecto el trabajo del profesor es asesorarles para lograr que averigüen por sí mismos cuáles son sus limitaciones reales, qué es lo que todavía pueden hacer y qué deben evitar para no hacerse daño.

"¡Qué torpe soy!" es una frase que se oye a menudo. En varias ocasiones he podido observar que, para ciertas personas,  el impedimento a la hora de abordar un ejercicio determinado era más mental que físico, puesto que bien por depresión, miedo al dolor o falta de autoestima partían de antemano con el convencimiento de que debido a sus achaques no iban a poder hacer determinados ejercicios, cuando el cuerpo sí que tenía aún la capacidad para realizarlos.

Otras veces se desanimaban porque no conseguían recordar los movimientos de la forma, o porque retenerlos les llevaba lo que a su juicio era demasiado tiempo. El trabajo aquí consistía en descomponer los movimientos y repetirlos sesión tras sesión hasta hacerlos conocidos e ir orientándoles muy gradualmente hasta que iban un poco más lejos y los ejecutaban con más soltura y corrección siempre dentro de sus posibilidades.

Las repeticiones hacen que la práctica arraigue y el lenguaje tanto verbal como no verbal debe ser cuidadoso para transmitirles la idea positiva y estimulante de que ellos también son capaces de hacer los ejercicios bien y que pueden acceder a sus beneficios. Esto ha llevado a muchos de ellos a superar el miedo que tenían a abordar algo nuevo que al principio les parecía muy difícil. Los puntos que centraron la atención durante las sesiones fueron los siguientes:


La relajación

Fue difícil de conseguir durante los primeros meses, al menos en la posición de pie, en la que no obtuvimos muchos progresos. En los ejercicios les resultaba dificultoso relajarse porque ponían mucho empeño en hacerlos bien y esto les tensaba. En la forma no se relajaban pero al final de la clase ejercitaban la respiración abdominal tumbados y ahí sí conseguían soltarse.


 
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