Artículos Todos los artículos (Lista) EL DESAFÍO DE LA TRANSFORMACIÓN... Entrevista a Tew Bunnag
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El aspecto espiritual es muy natural, y además complementa el lado marcial, porque en un momento dado, cuando aceptamos el compromiso de ir más allá de la violencia hacia la plenitud y la paz, estamos tratando con cosas espirituales que trascienden nuestro pequeño yo, nuestras reacciones y patrones violentos. El Taichi es un arte marcial interno que ofrece técnicas para desarrollar la capacidad de utilizar la energía del compañero sin usar la propia, de guardar el centro y evitar que nos ahoguen las emociones, de "leer" y comprender lo que va a ocurrir antes de que pase, de escuchar la respiración del otro y entender su vibración, de prevenir los momentos de conflicto o bien de estar preparado y adaptarse a ellos... Todo esto depende, en el instante del intercambio, de una cualidad que es la conciencia, la mente. A través del trabajo de la meditación se desarrolla esa misma sensibilidad que se transmite a la forma de Taichi y que hace que cambie totalmente, cuando uno consigue mantenerse inmóvil en el movimiento y moverse sin perder el sentido de ser. En la lucha es importante evitar caer en proyecciones mentales como encogernos ante alguien sólo porque sea más grande que nosotros. ¿De qué valen entonces todas las técnicas que se han aprendido?



Ambos aspectos del Taichi, marcialidad y espiritualidad, me parecen muy naturales y no hay conflicto entre ellos. Tenemos un arte muy rico que sorprende y ofrece los medios para disfrutar y vivir mejor, con más amor. La diferencia entre el Taichi y otros caminos es que es un arte marcial. Es en este contexto donde podemos intentar encontrar nuestro propio bienestar. Creo que éste es el sentido que el arte tiene en nuestra época.


De cara a los que se inician en la práctica, ¿cuáles son los regalos que puede ofrecerles el Taichi?

Los que practicamos Taichi tenemos una conexión sencilla con nuestro cuerpo, pero muchos de los que llegan para aprender el arte la han perdido. Yo tengo alumnos que vienen a clase para reconectar con su brazo o su mano, y estoy contento por eso, porque no hay que olvidar que muchas personas sufren la alienación de su propio cuerpo, no saben dónde están, ni son conscientes de su vida. He trabajado con universitarios y cuando decía, por ejemplo, "puño izquierdo", había quien no sabían muy bien cuál de los dos era. A veces el exceso de formación intelectual nos impide vivir el cuerpo inocente y sencillamente. Un lenguaje como el Taichi, que desde fuera parece exótico, puede reconectarnos con nuestro sistema de otra manera, y así es posible deshacer los patrones que tenemos y descubrir otra vez el placer de tener manos y brazos que funcionan. Cuando fallan nos quejamos y nos deprimimos mucho, y sin embargo cuando están sanos no lo celebramos. El Taichi es para mí la celebración del milagro de que todo funcione bien. A través suyo la persona se despierta cada vez más, y esta capacidad es algo que no suele transmitirse en las clases.

Al principio el lenguaje es muy importante. Cuando despertamos algo haciendo Taichi vivimos el cuerpo de forma distinta y enseguida tenemos también la sensación de estar de otra manera en la vida. El primer paso en el Taichi de cualquier estilo es bajar, enraizar, y después ralentizar, y esto nos provoca de inmediato un cambio a la hora de enfrentarnos a nuestra vida, sobre todo en esta época en la que siempre estamos corriendo de aquí para allá. Por eso es que hace casi cuarenta años pensé que estábamos ante un lenguaje realmente político en el sentido de que transforma el modo de vivir de la gente.


 
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