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Nº 4 - Verano 2005

HACIA UNA NUEVA
LEGITIMIDAD

Juan Gorostidi

 

La divulgación del Tai Chi Chuan (TCC) y otras artes marciales internas chinas en Occidente ha adquirido durante los últimos años la dimensión suficiente como para que la cuestión de la legitimación de sus fuentes (escuelas, sistemas, maestros, etc.) y sus formas de transmisión esté a la orden del día. En muchos casos, los que estamos involucrados en su enseñanza y divulgación hemos dejado de ser meros alumnos o seguidores de tal o cual maestro o escuela foráneos. Los hijos hemos crecido, y cada uno ha de hacerse cargo de su propia herencia.


Somos portadores de algo que no sólo es útil y valioso para nosotros mismos sino que, aun dentro de cierta marginalidad, parece despertar cada vez mayor interés en personas e instituciones, sea por su potencial terapéutico o por su valor como mera mercancía. Parece abrirse un tiempo en el que la reflexión sobre el lugar que podemos o debemos ocupar en nuestro entorno resulta imprescindible.


Las fuentes

Para entender el contexto de nuestro acceso al TCC es imprescindible tener en cuenta la historia china reciente, al menos la de los dos últimos siglos. Dentro de este proceso histórico, que en el presente siglo parece dirigirse hacia una pugna por la hegemonía mundial, la difusión de ciertas artes tradicionales sólo es una consecuencia más. En una visión de conjunto se trata de un efecto discreto, pero muy significativo para nosotros.

Resulta imprescindible constatar que la apertura de los antiguos círculos de práctica y transmisión de nuestras disciplinas se produce en China no sin serias controversias y en medio de una fuerte crisis que afecta al conjunto de la sociedad. Tras los últimos y sangrientos años de la dinastía Qing (1644-1911), bajo la presión de las fuerzas europeas que culminó con la derrota de los chinos en las llamadas Guerras del Opio, a caballo entre los siglos XIX y XX, se produjeron la invasión japonesa y la revolución maoísta.

La conmoción que ocasionaron los interminables años de guerras y revueltas (se habla de 50 millones de muertos), afectó directamente a todo lo que representaba la "tradición" y, en particular, a las antiguas artes marciales. Bastan unas palabras de Cheng Man Ching en sus conocidos Trece Capítulos del Tai Chi Chuan, como elocuente reflejo del impacto de tal historia, y de las dudas y contradicciones que rodearon a los que se atrevieron a enseñar a extraños: "…al compartir esto con los verdaderos buscadores del mundo, deseo demostrar que el cultivo del chi es la base del auto-fortalecimiento y por consiguiente, de la salvación nacional. ¡Que se levante de nuevo mi pueblo!" (Las negritas son mías.)

En cuanto a lo que nos incumbe más directamente, debemos reconocer que el acceso de los occidentales al TCC procede de posiciones, trayectorias y entornos muy diferentes: desde los exiliados de la revolución maoísta a los antiguos emigrantes; desde el éxodo chino por todo el Sudeste Asiático a los que se criaron en la China maoísta… No es difícil observar que detrás de cada escuela o estilo hay una línea que conecta con contingencias y decisiones que a menudo debieron ser difícilmente conciliables.


Nuestro contexto

Lo mismo que no podemos comprender la naturaleza de la divulgación de estas disciplinas sin tener en cuenta sus fuentes, tampoco nos haremos cargo de sus consecuencias entre nosotros sin situarlas en el contexto en que se están insertando. Y éste no es más que la historia de Occidente desde la segunda mitad del siglo XX, tras las guerras mundiales, la guerra fría y su desenlace actual. Parece que tras dos generaciones de occidentales que no han vivido guerras internas masivas, nos encontramos ante el éxito definitivo del modelo de globalización iniciado por las potencias europeas hace quinientos años. Entre las circunstancias en que se está produciendo este devenir histórico, me interesa destacar dos que nos incumben particularmente:

  • La primera tiene que ver con el posible final de la dinámica que ha regido las luchas hegemónicas entre imperios y civilizaciones desde el inicio de la historia. Esta dinámica se definía por la tensión permanente entre "civilizados" y "bárbaros". Cualquier imperio amenazado por una posible irrupción exterior tenía todas las justificaciones necesarias para defender unos modelos sociales fundamentados en la violencia y la explotación: desde la esclavización de la mayoría de la población, hasta la falta de reconocimiento de razas y géneros completos (los negros, los indios, las mujeres…). Hoy, quisiéramos creer que las coartadas para la crueldad y la injusticia en sus formas más brutales se van haciendo más insostenibles y, con ellas, todo lo que concierne al militarismo.

 
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